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Cuando descendí a la playa, pude observar el terrible espectáculo de su sangriento festín: la sangre, los huesos y los trozos de carne humana, felizmente comida y devorada por aquellos miserables. 
Robinson Crusoe.

Daniel Defoe recreó en Robinson Crusoe un episodio de canibalismo y existen otros ejemplos en la literatura. Sin embargo, la realidad supera una vez más a la ficción.

Produce espanto leer en un documento de principios del siglo XIX, que se conserva en el Archivo General de la Marina Álvaro de Bazán (Viso del Marqués), las declaraciones judiciales de quienes participaron en los hechos que se presentan a continuación.

Se trata de la copia de un informe realizado por una comisión y presentado a John Coape Sherbrooke, teniente gobernador de Nueva Escocia (Canadá), y a la corte de justicia, para examinar e informar sobre la pérdida de la goleta española Serafina (Seraphina) y su carga, así como, la muerte del capitán, y de otros miembros de su tripulación, en la travesía realizada desde Cádiz a Baltimore.

Principió la inquisición el día 22 de marzo de 1813. El piloto, el contramaestre, el cocinero y dos marineros del buque estaban en la cárcel por disposición de los jueces del pueblo. Sin embargo, un individuo llamado James Hollis, que había estado embarcado, estaba libre.

Se examinó a cada uno por separado. Y en el informe final se agregaron los testimonios hechos en presencia de un escribano.

La comisión intentó buscar explicación a lo sucedido. No tenía motivos para creer que los hechos horrendos que se hicieron a bordo de esta embarcación procedieron de algún premeditado plan, dimanado de intenciones criminales. Pero no encontraron ningún fundamento razonable para sospechar que sus acciones procedían de algunos otros motivos, mas que de una ferocidad y disposición natural, y una insensible costumbre.

Asimismo, incidían en la condición social de la tripulación, concluyendo que a excepción de Hollis, el resto era de la clase más baja de marinería, lo que explicaría la falta de subordinación y orden, y un total defecto entre ellos de los primeros principios de religión y obligaciones morales. Y reprochaba precisamente a Hollis, al que no le faltaba conocimiento o instrucción, y por haber sido acostumbrado a la carrera marítima, que no actuara para reprimir las pasiones y las malas disposiciones de los demás.

Según su parecer, hubo un sacrificio de la vida humana, que ningún caso de necesidad podía justificar. También dejaba constancia del modo insensible en que las vidas de tantas criaturas habían sido quitadas sin la menor noticia antecedente.

La goleta San Antonio llegó a Cádiz procedente de los Estados Unidos de América. Fue vendida a Antonio Figueroa, comerciante de esta ciudad, quien la habilitó para un nuevo viaje al continente americano con el nombre de Serafina. Zarpó el 23 de noviembre, con una carga de sal, alfileres y agujas.

Martín Iriarte, natural de Vizcaya, era el capitán y primer piloto. El contramaestre era Antonio Pérez y el segundo piloto, Antonio Zavala. También eran españoles algunos marineros (Antonio, Andrés, Pedro, José y Gabriel). Guillermo Fountain, el cocinero, era oriundo de Nueva Orleans. También iba embarcado un hombre llamado Antonio, pero que en la matrícula figuraba como José Suárez. Hollis, natural de Maryland, iba como pasajero; pero aparecía en el rol como mayordomo del buque con el nombre de Domingo Garamendi, haciéndose pasar por español, por si encontraban a algún corsario argelino. Iba acompañado de su criado, Samuel Cohen, que era un esclavo de un tal señor Owen de Baltimore, y en la goleta servía como marinero.

Aunque tenían provisiones suficientes para un largo viaje (galleta, bacalao, sardinas, pasas, legumbres, pan, carne, un puerco…), pronto tuvieron que fijar una ración, al ver que la comida se repartía con prodigalidad.

Cuando la goleta estaba en la costa de Virginia, sobre el cabo Henry, a mediados de enero, sobrevino un fuerte temporal, que hizo pedazos la vela mayor y el trinquete.

El panorama del buque no podía ser peor un mes después, el 13 de febrero. Además de tener maltrecho el velamen, hacía agua a causa de un golpe de mar de otro temporal, y además, se habían servido las últimas provisiones. No tuvieron nada que comer, sino el cuero de sus zapatos y botas, y algunos pedazos de cuero de la jarcia y aparejo.

Según las declaraciones, alguien dijo que pronto tendrían carne, que alguno tenía que morir. Y así fue. A mediodía del día siguiente el capitán estaba tendido muerto cerca del palo mayor. Lo habían matado.

El contramaestre y algunos marineros cortaron en pedazos su cuerpo. Arrojaron al mar la cabeza, las manos y los pies, para que la vista de estas partes, no les recordara al difunto. Después guisaron el corazón, el hígado y parte de la carne, que repartieron.

El siguiente en morir fue precisamente el marinero Pedro, que según algunas declaraciones había asesinado al capitán de un hachazo. Calentaron agua y escaldaron el pelo de su cuerpo, lo mismo como si pelarían un puerco, y después lo destrozaron y lo salaron. Fue acordado entre todos que se gastase lo menos posible de la carne del capitán y de Pedro diariamente, y calcularon que observando aquella regla podrían subsistir por quince días.

Tras unas jornadas, tres marineros más fueron asesinados: Antonio, Andrés y José. Gabriel mató a Andrés con un hacha. Después Suárez dio una puñalada en la espalda a Antonio y también mató a José. Unos declararon que la razón dada para matar a estos tres hombres, era para ahorrar el agua por no haber más. Otros dijeron que estaban enfermos.

Por último, entre varios amarraron a Suárez y Gabriel le mató, dándole porrazos con una cubeta.

El buque iba a la deriva, cuando fue avistado por la goleta Joven Guillermo. En el documento también consta la declaración del piloto de esta embarcación, Carlos Coventry, natural de Escocia.

El día veinte y cuatro de febrero próximo pasado estando en latitud de 34 ½ grados, y longitud 64 encontraron una goleta. Estaba flotando sin vela alguna. Al principio pensaron que eran un corsario, pero luego vieron que tenían puesta una señal en español pidiendo socorro. Al ver que se largaba un bote de su costado con tres hombres dentro, arribaron sobre ellos. Cuando llegaron a su altura, el sobrecargo y un marinero subieron a bordo. Nos dijeron que morían de hambre a bordo de la goleta.

Registraron la embarcación y no encontraron víveres, a excepción de unas cuatro libras de carne humana y huesos que estaban en una de las calderas.

De los doce individuos que embarcaron en Cádiz, solo quedaban seis. Dijeron que habían matado a los otros y habían subsistido con sus carnes. Estaban en la más debilitada y miserable condición.

La goleta Joven Guillermo llegó al puerto de Halifax el día 16 de marzo.

El final del suceso ya lo conocemos: los individuos que estaban aún vivos, salvo Hollis, fueron encarcelados por los jueces del pueblo. Después se formó una comisión que como dejó por escrito, no encontró términos para explicar su aborrecimiento por lo que había sucedido.

Suponemos que el informe fue enviado a las autoridades españolas, para que tuvieran conocimiento del hecho.

No consta ningún otro documento, ya sea americano o español, lo que quizá otorga una mayor contundencia a la profunda estupefacción que produce acercarse a los abismos de la condición humana.

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