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El 9 de diciembre de 1824 tuvo lugar la batalla de Ayacucho que supuso la derrota de las últimas tropas partidarias del rey de España y el fin del Virreinato del Perú. El teniente general José Cantérac d’Andiran y Antonio José de Sucre firmaron la capitulación militar. En los artículos 13º y 14º se especificaba que los buques de guerra y mercantes españoles tenían que salir de todos los mares de la América, sin cometer ninguna hostilidad, con destino a Europa.

Para salvar al rey los buques puestos a su cuidado, el capitán de navío Roque Guruceta Aguado dispuso que volvieran a España por las siguientes rutas: unos, por el cabo de Hornos; otros, los que no ofrecían ninguna confianza para la navegación en mares gruesas, por Filipinas.

La división formada bajo su mando tomó la segunda opción. El navío Asia hacía agua, además tenía atravesado el palo mayor de dos balazos a dos brazas por encima de la cubierta. Iba acompañado por el bergantín Aquiles, también con desperfectos, pues no tenía verga mayor, y por el Constante, como auxilio para el navío, en el caso desgraciado de aumentar el agua extraordinariamente. A ellos se unió la fragata mercante Clarington.

El 5 de marzo llegaron a la rada de Umatac, en la isla de Guaján (Guam, Marianas) donde fondearon para avituallarse de agua y víveres.

El comandante decidió zarpar a la noche del 10 de marzo. El guardia marina Francisco Armero Fernández de Peñaranda, ordenó virar el cabestrante para levar anclas. Pero los encargados no lo hicieron. Este acto de desobediencia, que ya se había producido en otros buques de guerra, según el brigadier García Camba, era una manera de exponer quejas y de hacer reclamaciones. Sin embargo, el guardia marina no actuó de forma prudente dando cuenta al comandante Guruceta. Todo lo contrario. Quiso imponerse. Sacudió con su sable de plano a los primeros que se encontraban más a mano. Entonces estalló la rebelión entre la tripulación, a la que se unió la guarnición del buque. Los amotinados se apoderaron de las armas.

Varios oficiales intentaron contener la situación sin éxito. El comandante acompañado de dos guardias marinas se dirigió al castillo. Allí preguntó a los sublevados si lo reconocían como tal. Al contestarle afirmativamente, mandó deponer las armas, asegurándoles al mismo tiempo, que atendería en justicia a toda queja que produjesen con arreglo a ordenanza. Pero los sublevados lo atropellaron, sable en mano, cargando contra él y contra los oficiales que lo acompañaron. Recibió dos sablazos en la cabeza y se cayó, rompiéndose la pierna izquierda.

La marinería, a excepción de unos pocos que pudieron ocultarse, unida a la tropa amotinada fue armada. Desde entonces todo fue horror y desorden. El comandante y los oficiales fueron arrestados en la cámara.

Los sediciosos indicaron que querían recibir sus pagas, al igual que había ocurrido con los oficiales. También tenían quejas por el trato que recibían.

A lo largo de la noche, se ofreció dinero a los amotinados para apaciguarlos, incluso el perdón; se propuso arrestar a aquellos oficiales contra los que se tenía queja. Hasta el gobernador de las Marianas, alertado de la situación, acudió al Asia e hizo proposiciones a los alzados como autoridad local.

Pero todo fue en vano. La situación era incontenible. Ya no había marcha atrás.

Los sublevados decidieron dejar en libertad al comandante, a los oficiales y a los que no se quisieron unir al motín. Al día siguiente, salvo alguno, que fue retenido, desembarcaron con su equipaje, pero sin dinero.

Después los rebeldes, prendieron fuego a la Clarington, tras recoger los víveres y parte de su aparejo.

Poco antes, intentaron sin éxito que el Aquiles, que se había alejado de la rada, dirigido por el teniente de navío José Fermín Pavía, volviera.

Al ponerse el sol del mismo día 11, el navío Asia y el bergantín Constante dieron la vela, izada la bandera española.

Tres días después, la tripulación del Aquiles se sublevó, capitaneada por  dos chilenos que estaban presos, el capitán de fragata Pedro Angulo Novoa y Francisco Aranzana. También desembarcaron a los oficiales, antes de dejar la isla.

¿A dónde se dirigieron? ¿Qué fue de los comandantes y de los oficiales? ¿Y la tripulación? Todas estas preguntas tendrán contestación en el próximo post.

El relato de los hechos referidos está recogido en la documentación existente en el fondo documental de la Secretaría de Estado y del Despacho de Marina del Archivo General de la Marina Álvaro de Bazán. La correspondiente a Expediciones a Indias está digitalizada y se puede consultar en la Biblioteca Virtual de Defensa.

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