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Tras la gesta de Colón, otras expediciones marítimas españolas, como la de Magallanes y Elcano en el siglo XVI, la de Malaspina en el XVIII y la de Balmis en la centuria siguiente, han pasado a los anales de la historia. Quizás esta última sea la menos conocida.

Carlos IV recibió a Francisco Javier Balmis Berenguer el 7 de septiembre de 1806. Este cirujano militar le dio cuenta de la expedición emprendida con el único objeto de llevar a todos los dominios ultramarinos de la Monarquía Española, y a los de otras diversas naciones, el inestimable don de la vacuna. Tal y como recogió la Gaceta de Madrid del martes 14 de octubre, el monarca se mostró sumamente complacido de que su resultado hubiera excedido las esperanzas que se concibieron al empezarla.

Y no era para menos, tres años antes había partido la corbeta María Pita, con destino a América, sin ninguna certeza de que pudiera alcanzar su ambicioso objetivo.

La viruela fue una de las enfermedades más mortales hasta su erradicación en 1980, gracias a una campaña mundial de vacunación de la Organización Mundial de la Salud.

Su causa era un virus, cuyo nombre procede del término latino variola, derivado a su vez de varus, que significa pústula.

Se tiene noticia de las múltiples epidemias padecidas a lo largo de los siglos, en concreto en el XVIII, la enfermedad asoló Madrid en 1727, en 1761 Manila, en 1769 Galicia, en 1798 México y Puebla…

Timoteo 0’Scanlan, médico consultor de los Reales Ejércitos, se refería de esta manera a los estragos de este terrible azote del género humano, esta guadaña mortífera, que sin distinción de edad, de sexo, de clase, ni de clima, siega la vida, destruye , mutila, o desfigura el cuerpo de casi la cuarta parte de los hombres: siendo constante, que de 100 personas que salen de la niñez, 14 mueren de esta enfermedad, e igual número lleva sobre sí, durante toda la vida las tristes señales de ella.

Estas palabras provienen de su Ensayo Apologético de la Inoculación, en el que defendía este sistema usado en India y China. Hasta entonces, el único método preventivo era el aislamiento de los contagiados.

La inoculación o variolación se conoció en Europa gracias a Mary Wortley Montagu, una escritora aristócrata con influencia en la corte inglesa. En Estambul, observó la efectividad de inocular pus de enfermos a personas sanas.

Como indicaba 0’Scanlan, introducido el virus, se mezcla íntimamente con nuestros humores, los agita, los hace fermentar, por decirlo así, los altera formando nuevas combinaciones, transmutándolos de manera, que quedan incapaces para recibir después la impresión de ningún virus varioloso.

La primera noticia documentada de su empleo en España proviene de Guadalajara. En la primera mitad de la centuria Antonio Martín Pérez, cirujano barbero de Jadraque practicó la inoculación. Al tiempo que se fue extendiendo, la Gaceta de Madrid propagaba su éxito. Así, el 26 de marzo de 1795 se publicó que Mariano Luján, cirujano de la villa de Bullas (Murcia) inoculó 59 niños de distintas edades y ambos sexos; todos ellos salieron felizmente.

En América también se utilizó, incluso antes de su difusión por las autoridades. Un misionero carmelita lo usó en Pará en la primera mitad del siglo XVIII y fray Pedro Manuel Chaparro inoculó con las pústulas de los variolosos en 1765 en Santiago de Chile.

Sin embargo, la contención efectiva de la enfermedad se produjo gracias a las investigaciones  del médico inglés Edward Jenner. Estudió la relación entre la viruela bovina y la de humanos.  Y demostró no solo la inmunidad que causaba la variola de las vacas, sino también que podía emplearse eficazmente de persona a persona.

Su descubrimiento fue la síntesis de todo un proceso científico desarrollado en el siglo de las luces.

La noticia de la vacuna en España apareció en el Semanario de Agricultura y Artes dirigido a los párrocos del día 21 de marzo de 1799, sin embargo hasta el año siguiente no se hizo la primera vacunación de seis niños en Puigcerdá por el médico Francisco Piguillem i Verdacer.

En América, tras desencadenarse en 1802 varias epidemias en Lima y en Santa Fe, el virrey de Nueva Granada pidió auxilio al monarca. Y aunque la vacuna llegó por diferentes vías, no hubo coordinación por parte de las autoridades a la hora de extenderla. Por ello, tanto el Consejo de Indias, como los médicos de la Real Cámara aconsejaron al rey que organizara una expedición.

Cabe recordar que en la mentalidad de la Ilustración, el Estado tenía la obligación de tomar las medidas oportunas para paliar las enfermedades graves, pero también para vigilar la sanidad y la higiene pública con cuidados preventivos. Uno de ellos fue la vacunación.

Susana María Ramírez Martín afirma en su tesis doctoral que la expedición tenía varios objetivos: difundir la vacuna; instruir a los médicos en su práctica; crear unas Juntas de Vacunación en las capitales y principales ciudades de los Virreinatos para asegurar que el fluido vacuno estuviese activo; y distribuir el manual, escrito por Moreau de la Sarthe, traducido por Balmis, para vacunar de manera uniforme.

No fueron fáciles las negociaciones para dirimir el presupuesto necesario y quién correría con su abono. Al final, se estableció que todos los gastos de la navegación fueran por cuenta de la Real Hacienda, como también los de tierra , exceptuando la manutención. El erario público también se hizo cargo de los sueldos. Sin embargo, la larga duración del periplo hizo que se habilitaran fondos económicos sobre la marcha, para impedir que se detuviese la campaña.

¿Quiénes componían la expedición?

El director fue Balmis. Era médico de Cámara de Su Majestad y, además, tenía una amplia experiencia en campañas militares y en comisiones ultramarinas. Los ayudantes eran  cirujanos con formación militar: José Salvany Lleopart, como subdirector; Manuel Julián Grajales y Antonio Gutiérrez Robredo. Asimismo, embarcaron dos practicantes, Francisco Pastor Balmis y Rafael Lozano Pérez; y los enfermeros, Basilio Bolaños, Pedro Ortega y Antonio Pastor.

Para conseguir que la vacuna resistiese la travesía en perfecto estado, se formó una cadena humana con 22 niños vírgenes de viruelas. Pasaría cada cierto tiempo de uno a otro, mediante el contacto del fluido de las pústulas. Se conocen sus nombres y de dónde provenían. Alguno procedía de la madrileña Casa de Desamparados, como Andrés Naya. Pero la mayoría eran incluseros gallegos, como Francisco Antonio y Tomás Melitón.

La única mujer era Isabel Zendal Gómez, rectora de la Casa de Expósitos, dependiente del Hospital de Caridad coruñés. Iba con su hijo, que era uno de los chicos seleccionados. Se le asignó sueldo y ayuda de costa señalada a los enfermeros, para cuidar durante la navegación de la asistencia y aseo de los niños.

Aunque la opción inicial era que la travesía se hiciera en los buques correo, los cuales dependían de la Armada en ese momento, al final se contrató un buque mercante. La tripulación estaba formada por el capitán y primer piloto, el teniente de fragata Pedro del Barco España, elegido por su dilatada experiencia, y 26 personas más.

Antes de que la expedición zarpara del puerto de A Coruña el 30 de noviembre de 1803, se comunicó a las autoridades ultramarinas el itinerario que seguiría, para que prestaran su apoyo: Canarias, Puerto Rico, Nueva España, Nueva Granada, Caracas, Guatemala, Perú, Chile y Filipinas.

No obstante, como se verá, el derrotero inicial se fue acomodando a las necesidades que surgieron en el camino de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna.

Las fuentes documentales para investigar el mal de la viruela en el período tratado se custodian en diversos archivos. En el Archivo Histórico Nacional (Sección Consejos y -Sección Estado) hay documentación sobre las licencias de impresión sobre obras relacionadas con la inoculación y sobre la introducción de la vacuna. Tanto en el Archivo del Conde de Campomanes, depositado en la Fundación Universitaria Española, como en el Archivo Histórico de la Real Academia Nacional de Medicina también existen documentos sobre ambos asuntos.

Los expedientes personales de los militares que participaron en la campaña se pueden consultar en el Archivo General Militar de Segovia y en el Archivo General de la Marina Álvaro de Bazán.

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