Bóvedas de cañón frente a bóvedas de aristas, arcos de medio punto frente a arcos apuntados, altura frente a robustez… Todo ello define al gótico frente al románico. Pero si hay un elemento determinante que los diferencie, ese es la luz, o mejor dicho, la utilización arquitectónica de la luz.

Como es conocido, el término gótico fue utilizado por primera vez por Giorgio Vasari. Hacía alusión a los pueblos bárbaros que acabaron con el mundo clásico, es decir, no era un término con una connotación elogiosa, más bien lo contrario. Será el romanticismo el que ofrezca una nueva valoración, descubriendo ese impulso de la fe que se hace fehaciente en las catedrales. Y será Otto von Simson, a mediados del siglo XX, quien interprete la luz como su principio constructivo.

La arquitectura románica de pétreos muros compactos y continuos era más adecuada para que la pintura mural explicara a una sociedad, sin apenas instrucción, las sagradas escrituras desarrolladas en los programas iconográficos y en la escultura de los capiteles. Frente a ello, el gótico emprende un complejo programa de iluminación, basándose en el evangelio de San Juan: Ego sum lux mundi (yo soy la luz del mundo). La iluminación gótica escenográfica y cambiante contrasta con esa lobreguez románica y su perpetuo recogimiento. Entiende Simson que los muros están en íntima relación con la luz que se filtra a través de ellos, gracias a las vidrieras que los han sustituido estructuralmente. Éstas no son vanos abiertos en el muro, sino muros transparentes. De la misma manera, la luz penetra por los rosetones, círculos de perfección, otorgando una homogeneidad a todo el espacio catedralicio.

Las iglesias se orientaban hacia el este, donde nace el sol, para que los primeros rayos incidieran sobre el rosetón, permitiendo que el espacio arquitectónico quedara coloreado por el más noble de los fenómenos naturales, y que conviviera lo material con lo inmaterial; ésto permitía que los fieles fuesen transportados desde el mundo terrenal hasta otra dimensión espiritual y ultraterrena.

A la vez, las catedrales góticas sufren un impulso vertical que parece querer despegarlas de sus cimientos terrestres. Se inicia una carrera para ver qué ciudad es capaz de construir la catedral más elevada. Pareciera que quisieran alzar una escala hacia Dios y embriagarse de su luz cegadora.

El gótico es el sueño en piedra de esa burguesía urbana que ha comenzado a florecer gracias a los flujos comerciales del Báltico y del Mediterráneo.

Y fue el abad Suger, de Saint Denis, quien impulsó una reforma integral de la abadía en el segundo tercio del siglo XII, el que hará de ella el primer hito gótico reconocido en Europa.

Pero será en la Saint Chapelle, a mediados del siglo XIII, donde el gótico alcance su plenitud. Luis IX, el piadoso, vehemente comprador de reliquias de la pasión, mandó erigir una nueva capilla en su residencia para alojar y custodiar los tesoros. Su construcción comenzó hacia 1242 y seis años después, fue consagrada. Gracias a la audacia del desconocido arquitecto, el edificio alcanzó una desmaterialización, que trataba de evocar la Jerusalén celeste, al tiempo que se quería dotar a la dinastía Capeto de un carácter sagrado.

Esa desmaterialización se consiguió por las bóvedas de crucería que canalizaban el peso de la cubierta hacía los pilares exteriores, con lo cual, lograba que las paredes no sustentasen el techo, aligerándolos y horadándolos con las vidrieras, y desplazando los empujes hacía esos pilares, de tal forma, que la única superficie mural continua es la bóveda, que parece flotar ingrávida. Así la catedral aparecía como una urna de vidrio, como la definió Viollet le Duc.

Este estilo arquitectónico pronto se extendió y los maestros galos dejaron su impronta en la península ibérica. La construcción de las catedrales góticas de Burgos y de Toledo comenzó casi al mismo tiempo; poco antes, había empezado la edificación de la de León.

En los archivos catedralicios existe documentación relativa a estos edificios. En los cabildos, la Obra y Fábrica gestionaba los asuntos relacionados con la construcción y ornamentación del edificio, así como con su financiación. En estos archivos y en los histórico diocesanos, también se custodian los privilegios otorgados por los reyes, bulas papales y documentos de particulares con donaciones que permitieron hacer o modificar capillas, u otros elmentos. No obstante, muchos de ellos solo han llegado hasta nuestros días por medio de las copias hechas en los libri privilegiorum.

Para saber más, recomendamos consultar:

Archivo de la Catedral de Burgos.

Archivo de la Catedral de León.

Archivo de la Catedral de Toledo.

Otto von Simson. La catedral gótica. Madrid, 1995.

Georges Duby. La época de las catedrales: Arte y sociedad, 980-1420. Madrid, 1997.

Paul Frankl. Arquitectura gótica. Madrid, 2002.

Payo Hernanz, René Jesús (coord.). La catedral de Burgos: ocho siglos  de Historia y Arte. Burgos, 2008.

Juan Manuel Medina del Río. María Josefa Cassinello.

La luz gótica. Paisaje religioso y arquitectónico en la época de las catedrales.

 

Filmografía:

The Hunchback of Notre Dame. Wallace Worsley, 1923.

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