La fecha de llegada del hombre a Norteamérica sigue abierta a discusión, aunque los restos arqueológicos indican que debió ser en torno al 14.000 a. C.  Los primeros pobladores provenían de Siberia, cruzaron el estrecho de Bering y se extendieron por todo el continente. 

La llegada de los europeos a la costa atlántica norteamericana y las continuas oleadas de emigrantes fueron ganando el terreno que durante siglos habían ocupado los indios.

En 1854 el Presidente de los Estados Unidos de América, Franklin Pierce, hizo una oferta por una gran extensión de tierras en el noreste, donde vivían los indios duwamish, a cambio de crear una reserva para el pueblo indígena.  El gran jefe Seattle le escribió una carta. Su respuesta extractada fue:

El Gran Jefe nos envía también palabras de amistad y buena voluntad. Apreciamos mucho esta delicadeza porque sabemos la poca falta que le hace nuestra amistad. Vamos a considerar su oferta, pues sabemos que, de no hacerlo, el hombre blanco vendrá con sus armas de fuego y tomará nuestras tierras.

Premonitorio el discurso del gran jefe Seattle, pues unos pocos años después, los apaches y navajos sufrieron en sus propias carnes la poca falta que le hacía al hombre blanco conservar la amistad de los indígenas. Durante la guerra civil norteamericana, el gobierno de Estados Unidos quería mantener los territorios de Nuevo México y Arizona dentro de la Unión para garantizar las líneas de comunicación con California. Para ello era preciso parar los asaltos de los apaches y navajos. La campaña contra los segundos duró cinco meses. Fueron, finalmente deportados, junto al río Pecos cerca de las Grandes Llanuras, donde carecían de madera, agua y tierras cultivables. 

Pero el coronel Christopher Carson recibió la orden de reunir a estos indios en 1863 y trasladarlos a una nueva reserva militar en el centro-este de Nuevo México. Mandó diversas misivas ordenando que se fueran y, en el caso de que se negasen, sus órdenes eran expulsarlos a la fuerza. La mayoría de los navajos, que vivían repartidos en pequeños grupos dispersos, jamás tuvieron conocimiento del ultimátum. Carson se dedicó a aniquilar su base económica: quemar poblados, destruir sus cultivos de maíz, pozos de agua y ganado. Se rindieron en 1864. En esa fecha comenzó la Larga Marcha, uno de los episodios más desoladores de su historia; más del 10% de los cautivos murió por el camino hacía Fort Sumner.

Pero continuemos con la misiva del gran jefe Seattle:

¿Cómo se puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Esta idea nos parece extraña. Si no somos dueños de la frescura del aire, ni del brillo del agua, ¿Cómo podrán ustedes comprarlos?.

Este párrafo revela la enorme brecha cultural abierta entre las civilizaciones india y la del hombre occidental. Pensadores como Jeremias Bentham, Adam Smith, John Stuart Mill, y David Ricardo ya habían sentado las bases de la nueva estructura económica, a la vez, que una nueva economía moral. Al tiempo, Jean Jacques Rousseau con el mito del buen salvaje expresaba la percepción ilustrada de la diversidad humana que estuvo impregnada, en un primer momento, de aires de igualitarismo. La idea de que la humanidad era fundamentalmente buena, acercaba al salvaje al estado primigenio e incorrupto de la bondad humana.

Para el gran jefe Seattle, cada pedazo de esta tierra es sagrado para mi pueblo, cada aguja brillante de pino, cada grano de arena de las riberas de los ríos, cada gota de rocío entre las sombras de los bosques, cada claro en la arboleda y el zumbido de cada insecto son sagrados en la memoria y tradiciones de mi pueblo. La savia que recorre el cuerpo de los árboles lleva consigo los recuerdos del hombre piel roja. 

Si les vendemos la tierra, ustedes deberán recordar que ella es sagrada, y deberán enseñar a sus hijos que ella es sagrada y que los reflejos misteriosos sobre las aguas claras de los lagos hablan de acontecimientos y recuerdos de la vida de mi pueblo… 

(El hombre blanco) Trata a su madre, la tierra, y a su hermano, el cielo, como cosas que se pueden comprar, saquear y vender, como si fuesen corderos o collares que intercambian por otros objetos. Su hambre insaciable devorará todo lo que hay en la tierra y detrás de ellos dejarán solo un desierto… 

Y quizá, en este penúltimo párrafo del discurso resida una de las claves de nuestro mundo contemporáneo, que no olvidemos precisaría de tres mundos y medio como el nuestro, para proseguir con el nivel de consumo que hemos alcanzado. La huella ecológica mide la superficie del planeta, tanto terrestre como marítima, que precisamos para mantener las actividades económicas hoy existentes. Con arreglo a las estimaciones del World Wildlife Fund, la huella ecológica igualó la biocapacidad del planeta en torno a 1980, y se ha triplicado entre 1960 y 2003.

Para finalizar, es mejor dar la palabra al gran jefe Seattle: Yo no entiendo; nuestro modo de vida es muy diferente al de ustedes. La sola vista de sus ciudades apena los ojos del piel roja. Tal vez sea porque el hombre piel roja es un salvaje y no comprende nada… 

Edward S. Curtis sí entendió a los indígenas. De hecho, dedicó buena parte de su vida a conservar la memoria de una cultura que estaba extinguiéndose. Su obra fotográfica se encuentra en diferentes centros de Estados Unidos: Curtis Library (Northwestern University), Edward S. Curtis Collection (Library of Congress), Charles Lauriat Archive, Peabody Essex Museum y University of Wyoming También se conservan las grabaciones sonoras de diferentes tribus que hizo en cilindros de cera en Archives of Traditional Music (Indiana University Bloomington). 

Para saber más, recomendamos consultar:

Northwestern University. Digital Library Collections

Library of Congress

Sturtevant, William. Los nativos americanos. El pueblo indígena de Norteamérica. Madrid, 1992.

Seattle. Nosotros somos una parte de la tierra. Palma de Mallorca, 2005.

Rosseau, Jean Jacques. Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres. Madrid, 2015.

Bauman, Zygmunt. Vida de consumo. Madrid, 2007

Carlos Taibo. Decrecimiento, crisis, capitalismo.

 

Filmografía:

In the Land of the Head Hunters. Edward S. Curtis. 1914

Centauros del desierto. John Ford. 1961 

El pequeño salvaje. Jean François Truffaut. 1970

Pequeño gran hombre. Arthur Penn. 1970

La venganza de Ulzana. Robert Aldrich. 1972

Bailando con lobos. Kevin Costner. 1990

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